Hay palacios que no sólo se observan: se viven, como una historia que va tomando forma paso a paso.
Cruzar la entrada de esta histórica residencia del Lungarno significa traspasar un umbral del tiempo, entrar en un lugar donde la belleza no es sólo visual, sino profundamente sensorial y emocional.
La monumental escalera, de diseño solemne y escenográfico, acompaña lentamente hacia el piso, como un ascenso hacia la memoria. Las barandillas de hierro forjado, adornadas con volutas esculpidas a mano y motivos florales, se entrelazan como un refinado bordado de otra época, mientras que la luz que se filtra por los ventanales crea ligeras sombras sobre los peldaños de piedra, marcados por el paso de los siglos.
Las paredes guardan huellas estratificadas de vida y de historia, mientras que los estucos barrocos enmarcan puertas y pasadizos como alas de un teatro antiguo. La mirada es captada con naturalidad por el fresco que domina el hueco de la escalera: un cielo narrativo, poblado de figuras mitológicas, que acompaña el paseo como una historia pintada suspendida en el tiempo.
Cada detalle -desde el escudo nobiliario hasta las líneas sinuosas de las balaustradas- restituye la autenticidad de un palacio de época que ha permanecido intacto en su elegancia, pero que sigue vivo, vibrante de poesía.
Y esto es sólo el principio. El piso conserva intacta el alma de las residencias nobles. En la primera planta, tras el umbral, se abre una estancia de gran impacto: bóvedas de crucería, muros que hablan de siglos y ventanas que se asoman al Lungarno como alas de un escenario natural. Aquí, la luz fluye lentamente, asentándose sobre los espacios y transformando cada momento del día en una experiencia para recordar.
El dormitorio principal, también con vistas al río, alberga dos encantadores asientos de piedra, pequeñas arquitecturas esculpidas por el tiempo: el lugar ideal para detenerse, observar el fluir del agua y redescubrir el auténtico ritmo de las cosas.
La cocina y el comedor -también perfectos como espacio de estudio- se abren a una preciosa terraza con vistas al jardín interior: un rincón privado, verde y tranquilo donde el tiempo parece ralentizarse. Un espacio ideal para un desayuno tranquilo, un momento de trabajo inspirado o una cena de verano envuelta en los aromas del verdor.
Las habitaciones, listas para ser reinterpretadas, ofrecen la posibilidad de devolver la zona de estar al Lungarno, devolviendo a la casa su vocación natural de luz y belleza.
En la planta baja, un sótano de unos 16 metros cuadrados añade funcionalidad, sin afectar al encanto y la poesía de la residencia.
Una residencia poco común, para quienes no buscan sólo una casa, sino un lugar para vivir con el alma, con el Lungarno a un lado y un jardín secreto al otro.
Una dirección pensada para quienes desean un legado emocional, un entorno cotidiano reservado a unos pocos.
Póngase en contacto con nosotros para concertar una cita privada: será un placer acompañarle a descubrir un palacio único y un piso a la espera de ser elegido.